Archivo del 4 de Enero de 2006

¿Pactos democráticos?

Creo que no es de recibo otorgar un poder que no dan las urnas en función de intereses políticos. Los niveles de representatividad y, por tanto, de protagonismo lo deberían marcar los votos de los ciudadanos.

Partidos minoritarios y/o con escaso apoyo de los ciudadanos no deben tener esa cuota de poder que otros partidos les otorgan en función del compadreo que supone “me apoyas con tus votos en las instituciones para que yo pueda imponer mi programa y, a cambio, yo te cedo cargos y parcelas de poder y de influencia.

Si tras las elecciones, partidos como IU, PA, ERC etc. no obtienen los votos que les permitan ejercer una mayor influencia, ¿por qué se la tienen que dar otros partidos que necesitan sus votos para lograr esa mayoría que les permite gobernar a sus anchas?.

Estos partidos minoritarios que, después de vender sus votos al que más ofrece, modifican sus políticas renunciando a lo que en otro tiempo era irrenunciable y pasan la mano vergonzosamente en cosas impensables antes de los pactos justificando los injustificable cuando no tenían ese poder o cuando el pacto era con otro, no deberían, por ética y coherencia, aceptar ese trapicheo antidemocrático, aunque legal, que les ofrecen otros partidos.

Esa idea de la necesidad de mayorías para actuar en política, creo que no es de recibo. Nuestros representantes en las insituciones lo son en la medida en que el voto popular otorga esa representación y las diferentes propuestas deben ser votadas por estos representantes, solo en función del programa que llevaron a las elecciones. Cuando haya necesidad de pactar o de negociar creo que debe hacerse con acuerdos puntuales y nunca ofreciendo -vendiendo- cargos y poderes.

El pacto es una muestra más del talante antidemocrático de nuestros políticos que buscan, sobre todo, influencia, poder y mantenerse como sea en lo mas alto.

 

Marcando el territorio

Estaba en la cola de otra entidad bancaria, esperando para la caja. Era una patio amplio y los que guardábamos el turno no estábamos en fila, como se supone que se está en una cola, sino que unos estaban sentados en el borde de una fuente del centro del patio y otros en unos sillones habilitados al efecto; es decir, una de esas colas en las que, aparentemente, no hay nadie – el otro tipo de cola que hacemos por aquí es aquella en la que la persona que llega no se pone a continuación del último sino a su lado o al lado del penúltimo-.

Llega una señora y no pregunta que quien es el último y, al creerse que está sola, con una sonrisa esplendorosa se sitúa en la línea que hay en el suelo esperando para ser atendido.

Inmediatamente nos levantamos todos, hacemos la cola correspondiente y, educadamente, le indicamos a esta persona que hay unas diez más delante de ella. Sin protestar, pero con la sonrisa triunfal borrada, se sitúa al final.

La persona que está detrás mia dice textualmente: “una vez que hemos hecho el movimiento de afirmación del lugar como dispuesto, y evitado el intento de usurpación del mismo, nos podemos volver a sentar”.

¡Esto es marcar el lugar con elegancia, precisión y riqueza del lenguaje!.

Los animales señalan su territorio orinándose y los humanos que están más próximos a estos, con agresividad y malos modos, pero esta persona nos enseñó que puede hacerse de otra manera.

Un toque de civismo, admito que algo cursi… ¡que bien me sentó en esa mañana fría de Navidad!.