La confusión I

La confusión I (escrito por Luisa Navarro de Haro. España)

De nuevo otra ola. El vaivén del agua acaricia con ternura la parte interior de sus muslos. Casi roza su sexo. Las altas temperaturas de aquella tarde de agosto tampoco contribuían a refrescar su deseo.

Olas, caricias, calor y Carlos. El estaba allí tumbado con su negra cabellera bajo la sombra ajeno a su excitación.

No podía dejarse llevar pero los recuerdos le envolvían. La mano de Carlos rozando la suya en un intercambio de copas, las palabras susurradas al oído como si fueran besos encarcelados que el destino le robaba, y comentarios bajitos que hablaban siempre de otras mujeres. También estaban las borracheras compartidas con las que uno a otro se aferraba para no perder el equilibrio. Tal y como hacían los buenos amigos.

Se sumergió en el agua intentando borrar sus pensamientos. Quizás el vaivén de las olas conseguiría apaciguarlos hasta que se quedaran dormidos. Intenta pensar en otras cosas. En números: “uno, dos, tres, cuatro…”.-dice en voz alta mientras su cuerpo flota con soltura. Intenta cambiar ahora de idea y se entretiene con las comidas que más le gustan: macarrones con tomate, brocheta de gambas, solomillo a la pimienta, pan con tomate y jamón… y de nuevo Carlos.

“No así no. Tengo que controlarme. Es cierto que en bañador gana mucho. Es cierto, que su pecho es un espectáculo y que de sus brazos rebosa la fortaleza de la masculinidad…”. Un escalofrío recorre impasible todo su cuerpo y su sexo le arde.

-¿Qué haces?. Te estás perdiendo el espectáculo. ¡Mira qué dos pibonas!.- Dice Carlos con el agua hasta la cintura. A la par Ismael da un brinco sobresaltado al escuchar la voz de su adonis. Ahora bajo su pantalón su miembro crece de manera incontrolada.

-Vamos a acercarnos Ismael. Hoy triunfamos seguro. Esas tienen ganas de cachondeo. No ves cómo se mueven…Vamos, tío… ¿Qué te pasa?.

-Carlos, no puedo salir.- Susurra bajito Ismael señalando bajo el agua.

-Vaya, no pierdes el tiempo canalla.- Le responde Carlos de manera cómplice mientras mira de reojo a una chica que a pocos metros juega con unos pequeños a lanzarse la pelota y se va.

Ismael se gira y comienza a nadar hacia el lugar en el que el mar y el cielo se confunden dando gracias de que ésta otra confusión haya salvado su secreto.