El no es quien luce ser

El no es quien luce ser (escrito por Genarina Medina. República Dominicana)

El viento nordeste arrecia y es difícil de soportar.
Unos detrás de otros, y él, sin el refugio de ropa densa, no para de tiritar. Sus dientes chocan, sus manos tiemblan, mientras se mantiene allí, a la espera. Lo miro y en las cuencas cristalinas que adornan su ajado rostro sólo descubro dolor. Ni me habla ni le hablo…
Deslizadas las horas, las puertas cierran en aquella institución donde todo cuanto se hace tiene como protagonista el dinero.
Como en un punto de suspenso, sus errantes pensamientos buscan sin encontrar: __ “No veo oportunidad alguna, pero llévela al exterior”, le dijo el especialista. Es una travesía de muerte __Piensa. Visiones de singulares momentos se le presentan esporádicas al continuar allí, aún tieso y sin rechistar.
Se de sus dos grandes penas. Una, el desahucio de su mujer, y la otra, la repentina boda de su hija con un magnate de dinero en abundancia y principios en escasez.
De pobre apariencia por sus trapos, enjuto de carnes y estropeado por el de paso del inexorable, el campesino sigue allí, sin cambio ni movimiento, mientras murciélagos, lechuzas, buitres y búhos, hacen en él un lúgubre muro de contención mental.
Alguien que a lo lejos, calcula papeles de valor, le habla con las manos y él no logra entender. Aguza ojos y orejas, pero el movimiento de labios es imperceptible y no advierte el deseo de la mujer.
El misterio flota por los aires y muchas miradas se explayan en él.
Aún estático, la seguridad se acerca, le murmura algo al oído y él le responde a su vez… mueve la cabeza de lado y esboza una sonrisa que trasluce compasión, mientras el guardia que se aleja proyecta un signo de interrogación.
Llega. Se le requiere el nombre y lo dice en tono tan bajo, como si un pecado confesara. Todos levantan el rostro. Quien lo atiende balbucea, se excusa y él le dice: __ Pedí limosnas cuanto tuve la necesidad. La mujer queda pasmada.
Un alboroto llama su atención. Alguien argumenta con la joven de las señas por una pequeña diferencia y el propone pagar. Matilda, sin enfrentar su mirada, le agradece al decir: __“Que suerte tiene. Puede resolverlo todo”.
__ No, eso es falso, le indica. Ni soy quien creías, ni mi dinero puede salvar a mi mujer… como tampoco puede reafirmar en mi hija o comprar para mis futuros nietos los valores que me encargué de enseñarle… Y sin decir más, me hace señas y salimos, dejando impregnado el ambiente de un halo de enseñanza…