El gigante dormido
« Relatos breves de ficción | Escrito el 22/02/2009 20:25 por JuanEl gigante dormido (escrito por Mónica. Argentina)
Hacía mucho tiempo que no regresaba a su pueblo natal. Desde que su esposo había conseguido oportunamente un buen empleo en la ciudad capital, la familia se radicó de manera permanente en aquella multitudinaria urbe. Bajo ese nuevo cielo, vio crecer a sus dos hijos. El mayor era ya un adolescente entregado a la conquista de las niñas más populares, cuando el más pequeño de seis años todavía vivía sumergido en el mundo fascinante de sus juegos.
Al encontrarse nuevamente en el hogar materno, un sinnúmero de emociones acudieron a su encuentro. Una correntada arrolladora de recuerdos le atravesaron el alma y la mirada juguetona de su padre le llegó desde un rincón de su memoria, como una ráfaga de aire fresco.
Él era un fabricante de leyendas que la transportaba hacia los mundos sutiles de la fantasía, a través del relato vívido de sus experiencias extraordinarias. No tenía en realidad buena relación con la lógica, porque la razón, encarnada en la figura implacable de su madre, lo calificaba a veces de manera lapidaria como un gran mentiroso. La imagen de algunas discusiones entre sus padres, a causa de las originalidades de él, se le había quedado grabada profundamente porque ella sufría ante esas acusaciones en su contra y en cambio, corría presurosa a sentarse a sus pies para escuchar sus fabulosas anécdotas, cada vez que él planeaba tomar la palabra durante las reuniones sociales del pueblo o durante las horas de sobremesa familiar.
No se podía terminar de decidir si se trataba de un embustero nato o si era en esencia un gran ilusionista de las palabras, que con su magia, cierta vez le hizo creer que hasta había sido pirata. ¡Qué bien le sentaba ese traje!. Era imposible no imaginarlo, cuando en una de sus correrías fuera apresado y obligado a apostar su vida con el objeto de lograr el beneficio del exilio contra la posibilidad de enfrentarse al nudo de la horca.
La palabra “mentira” no existía en su diccionario. Lo suyo pasaba por una cuestión de estética. Sinceramente creía que las situaciones podían describirse de diferentes maneras y que cada versión de los hechos era como un traje nuevo que se inventaba para embellecer la vida y tornarla más interesante.
La historia más atrapante que recordaba de él, era la del gigante dormido. Se trataba de una especie de relato mítico que explicaba de manera sorprendente, los misterios que encerraba el volcán apagado que emergía de las tierras del este, linderas al valle que acunaba al pueblo en su regazo.
Fue en ocasión de su llegada, que su madre, una mujer entrada en años, celebró la grata visita reuniendo a cuanto amigo de la infancia de su hija se encontrara por entonces en el pueblo. Algunos de ellos ya contaban con familias numerosas. El reencuentro de todos en el hogar materno fue sumamente emotivo y ameno. Las anécdotas se fueron sucediendo en medio de una fiesta de risas, hasta que alguien lo nombró…
-¡Te acordás cuando tu papá nos reunía alrededor del fogón en las tardecitas de otoño y nos contaba sus historias!… Claro –agregó- nosotros ni soñábamos que eran puro cuento, pero yo se las creía a todas… ahora se las cuento a mis hijos y a ellos les fascina.
Todos lo escucharon con un dejo de complicidad y nostalgia. Casi sin pensarlo, en un gesto compartido emergido vaya a saber desde qué lugar de su inconsciente, se apresuraron a asomarse por la ventana, buscando con las miradas el fogón en el viejo patio. Allí estaba, apagado y austero, como el volcán, desde la última vez que su padre los asombrara a todos con sus relatos supuestamente vividos, la misma noche en que un puñado de hombres entrara por la fuerza a su casa y sin dar explicaciones, se lo llevaran. Ella aquella noche lo vio pasar por la puerta de su habitación tomado por los brazos con bastante descortesía, pero como él al darse cuenta de esto le sonrió y le dijo:
-¡Me voy por un tiempo…!, ¡mi amigo el pirata me llamó para que lo acompañe en un viaje…!, ¡cuando vuelva te cuento!.
A la frase completa el padre pudo terminarla a los gritos y desde la calle cuando lo estaban empujando hacia el interior de un vehículo y si bien por la ventana ella no pudo ver al galeón, retornó con tranquilidad a su cama reflexionando acerca de que si bien los piratas no eran hombres de buenos modales, no obstante, su padre sabría como manejarse con ellos.
Contemplando al fogón junto a sus viejos amigos, a la vuelta de los años, recordó con amargura cuánto le había costado aceptar que aquello había sido una despedida, que ya no habría historias de tesoros ocultos ni correrías de bandoleros y aunque él nunca más volvió, ella a menudo se sorprendía esperándolo desde el hoyo de una herida abierta que nunca terminaba de cerrar. No obstante sintió que su padre, en medio de tanta desesperación, no quiso angustiarla y la tranquilizó permitiéndole participar de un sueño que durante bastante tiempo, la sujetó a la esperanza para no enloquecer. El tiempo había pasado y ahora se encontraba de regreso junto a sus invitados, cuando a alguien se le ocurrió que podrían encenderlo nuevamente y esta vez, junto a sus hijos, la nueva generación, rememorar la emoción de aquellos bellos relatos.
-¡Si!, ¡hagamos fuego! -dijeron todos al unísono recobrando la alegría.
Los preparativos se sucedieron con rapidez y los niños ya se encontraban apostados alrededor del fuego cuando sus padres propusieron que se revelaran los misterios del gigante dormido. Es por eso que ella, con emoción, comenzó a explicar:
-Bueno, mi padre nos contaba que si observábamos atentamente las líneas de la cumbre del volcán, justo en el lugar donde se recorta contra el cielo, podríamos descubrir el perfil del rostro de un indio mirando hacia arriba. Él nos juraba que durante algunas noches el indio se despertaba y lo llamaba para transmitirle algunas de sus antiguas enseñanzas, sobre la vida, la alegría, la pena, la salud y la enfermedad. –Mientras hablaba no se daba cuenta que una lágrima plateada surcaba su mejilla a la luz del fuego y que su hijito menor la escuchaba con gran interés, es por eso que continuó diciendo:
-La última vez que mi padre lo vio, el indio le entregó un libro muy, muy viejo, con todos los secretos que le había contado, pero le dijo que tenía que enterrarlo en un lugar seguro, en la falda del volcán, para que las generaciones venideras pudieran a su vez encontrarlo.
Llegados a este punto del relato, los adultos parecían estar más fascinados que los niños. Muchos de ellos recordaron que durante la infancia, trataron de encontrarlo pero al crecer, dejaron de alimentar la idea de su existencia, no obstante, como el círculo de la vida no descansa, el día siguiente encontró a todos los niños ocupados en ideas expedicionarias, mientras se encaminaban decididos hacia el viejo sendero que conduce al volcán. Ella los vio alejarse hasta que su vista no logró retenerlos más. Al cabo de unas horas tuvo que salir al patio devuelta porque un cotorrerío de voces infantiles hacía remolinos en el silencio de la siesta. Su hijo más pequeño, todavía con un parche en el ojo, le dijo:
-¡mami!, ¡mami!, ¡abu!, ¡lo encontramos!.
Entre varios sacaron de un saco improvisado un montón de hojas medio rotas y bastante embarradas, con el cuidado que merecen las reliquias. Vaya uno a saber qué encontraron, pero ella, no logró decir nada. Cuando la abuela salió también de la casa sacudiéndose todavía el sueño, tardó unos instantes todavía antes de darse cuenta de lo que había sucedido, pero cuando logró comprender, ya se encontraba dentro del círculo de un abrazo infinito con su hija.