El chocolate

El chocolate (escrito por Juan Carrión. España)

Ángel está sentado en el patio viendo jugar a sus hijos. Acuden a su memoria imágenes nunca borradas, siempre recordadas, de su infancia. Aparecen rápido, agolpándose –como dicen que sucede cuando una persona está en situación de peligro y cree que va morir- y, lentamente, se dispone a ordenarlas, a revivirlas, a disfrutarlas. No tiene nada que hacer y le apetece recordar.

Eran otros tiempos, otros juegos, otro escenario.

Cierra los ojos y se imagina a sí mismo en su barrio, con sus amigos, con esa sensación sudorosa que aparece cuando corres tras el balón en una tarde cálida de primavera; sin coches, sin prisas. Manuel le grita que le pasen la pelota –está colorado y con los pelos mojados- ; de un pelotazo rompe un cristal. Todos corren oyendo a lo lejos maldecir a un hombre. Se ríen, se abrazan en círculo con los brazos apoyados en los hombros del compañero, doblando sus cinturas; están pegajosos, cansados y vivos, vitales.

Es la hora de la merienda y ya huele a chocolate -el olor dulzón del chocolate siempre le lleva a su infancia. Entra en casa y su madre le prepara pan con chocolate. En la radio – siempre eran tardes de radio- se oye la melodía del Cola Cao –“es el Cola Cao desayuno y merienda ideal…”- y la sala de estar se llena del olor de la ropa recién planchada. Recuerda el aparador con el aparato de radio y algunos útiles; la mesa con la ropa de camilla y la tarima para el brasero, debajo; algún cuadro sin valor y el sillón viejo y desvencijado del abuelo; en sitio preferente, una imagen de la Virgen con una pequeña hucha a los pies para depositar monedas. Y el olor a chocolate.

Después, los deberes de la escuela. Sin ganas. Sentado en la misma mesa de la sala de estar, mientras su madre planchaba, hacía como que estudiaba pero era inútil. Una visita de vez en cuando al aparador y, si podía, otra onza de chocolate.

Del naranjo en flor del patio le llega un intenso olor a azahar; enseguida aparece la imagen de su abuela contándole historias sentados al fresco, en la puerta de la casa: “mira Angelito, por estas calles pasaban no hace mucho los encierros de los toros que iban a lidiar a la plaza…”; “mira Angelito, cuando yo era pequeña iba por la calle el hombre del saco cogiendo a todos los niños que se portaban mal…”; “mira Angelito…” y así, hasta la hora del chocolate; hasta la hora de acostarse.

Un pelotazo de su hija hace que Ángel vuelva a la realidad.

- Ven Isabel, vamos a tomarnos un chocolate; verás que bien te sienta.

¿Otros tiempos, otros juegos?. Quizás, solo otro escenario.