Delirio

Delirio (escrito por Juan Carrión. España)

Estaba recién levantada. Mirando por la venta, Lucía contemplaba un día que se presumía luminoso y despejado. Todavía con la sensación tibia de la cama, tomó una ducha, se vistió y se dispuso a desayunar. Mientras se duchaba, había estado saboreando esas tostadas con aceite y jamón que tanto les gustaban pero, al mirar el reloj, se dio cuenta de lo tarde que era y de que tendría que dejarlas para el día siguiente. Se tomó un café casi frío y salió a toda prisa.

Al abrir el portal y aspirar el olor a humo de los tubos de escape de los coches, respondió al portero con un “buenos días” y paró a un taxi. “Buenos días –dijo de nuevo-, hace un día magnífico ¿no?”. El conductor del taxi la miró por el retrovisor y, cosa rara en un taxista, no respondió. En la radio se oía el boletín de noticias y escuchó que España era la décima potencia del mundo en el envío de armas a Israel. Por la ventanilla del coche -eran más de las diez de la mañana- veía cómo los clientes entraban en los comercios, apretujados y con prisas: había empezado el periodo de rebajas y la actividad era incesante. Despidió al taxista, se introdujo en el bloque de oficinas en el que trabajaba y entró en la suya.

-Buenos días.

A través de la mampara que separaba el despacho del jefe del resto de empleados, Lucía vio cómo hablaba con María, su mejor compañera de trabajo y cómo esta se apresuraba a salir tan pronto la vio entrar.

– Buenos días, María.
– Buenos días, Lucía, ¿cómo te encuentras?.
– Mejor, gracias. Solo ha sido una gripe.
– Me alegro de volver a verte.

Lucía se acomodó en su mesa de trabajo y empezó a trabajar con rapidez para poner al día los papeles acumulados durante la semana que había estado ausente. Parecía que nadie había aparecido por su mesa y el trabajo distaba mucho de estar al día. Durante la comida, se entretuvo leyendo los periódicos locales y detuvo sus ojos con atención en esta noticia: “el alcalde de la ciudad ha estampado su firma en un manifiesto contra la tala de árboles”. Con el solo descanso de la hora de la comida -Lucía había trabajado sin parar-, a las siete de la tarde se dispuso a recoger su mesa –era muy ordenada- y a marcharse.

– Lucía, ¿puedes venir un momento?

Era la voz del jefe que la llamaba desde su despacho.

– Durante tu ausencia de la semana pasada María ha estado en tu sitio para que no se acumulase el trabajo Es una chica muy trabajadora y, según me ha contado, lo ha dejado todo al día. Por cierto, me ha dicho que quizás debería poner a alguien contigo porque parece que no das abasto. ¿Qué te parece?.

A pesar de que pensaba regresar a su casa andando, el fuerte viento y la lluvia incesante la hicieron coger de nuevo un taxi. Mientras el taxista se quejaba de que el negocio estaba muy malo, por la crisis, y que nadie gastaba dinero, se percató de que la tarde se había puesto inclemente y muy desagradable. No llevaba paraguas. Al pasar por la tienda de su novio –vendía cuadros que él mismo pintaba- pidió parar al taxista y se apeó para ir a saludarle. Se quedó en la puerta, bloqueada, cuando vio que Manuel –así se llamaba su novio- estaba hablando con una mujer. ¿Quién sería?. ¿De qué estarían hablando?. Parece más entusiasmado que de costumbre.

De vuelta a casa, mojándose por las fuertes rachas de viento, pensaba que a lo mejor Manuel estaba con otra y que quizás por eso no la había llamado durante todo el día. Su cabeza no dejaba de dar vueltas y empezó a ponerse muy nerviosa. Entró, encendió la televisión y conectó un programa de noticias: “el presidente del gobierno declara inadmisibles, y manifiesta su preocupación, por los incidentes –este era el término que utilizaba- de Gaza y propone una reunión internacional para analizar la situación”. Como el dolor de cabeza iba en aumento, decidió tomar una pastilla que lo aliviase. Sin ganas, preparó la cena. No quería pensar. Cenó y se acostó escuchando la radio: “grupos ecologistas se manifiestan delante del Ayuntamiento por la tala indiscriminada de cien árboles ordenada por el alcalde”. Su cabeza seguía muy ocupada pero, después de dos horas removiendo las sábanas, se durmió.

Al sonar el despertador se sobresaltó y se dio cuenta de que estaba sudando. Tenía fiebre y había estado soñando de forma intermitente. Bajó a la cocina, y quiso poner el televisor; no pudo y entonces recordó que llevaba semanas estropeado. Estaba débil y tropezó. Al caer, creyó oír el timbre de la puerta. Fuera, agobiado por un calor sofocante, estaba Manuel: había ido a decirle lo contento que estaba porque ya podía montar su propia exposición.

Al rato, despertó. En la puerta no había nadie.
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