Arena negra en la mañana
« Relatos breves de ficción | Escrito el 25/02/2009 19:54 por JuanArena negra en la mañana (escrito por Nieves García. Cádiz)
Aún dos o tres niños rezagados y sentados en la piedra del muro volcaban las bambas rojas de donde salía la arena fina como una ráfaga de brisa, mientras los gritos de sus madres con ecos de amenaza se oían a lo lejos. A las tres de la tarde la playa ya estaba vacía: tan sólo arena, verde y agua. Eran los años de las horas ordenadas por el parte de la radio y los himnos, la sirena de la fábrica del puerto y la misa de 12 en latín de los domingos.
Desde el ventanal del salón en el chalet (que ahora sospecho confiscación de falangistas) donde pasaba los veranos por ser ahijada de los tíos ricos, miraba la isla, efectivamente misteriosa, porque sólo me dejaban cruzar a las rocas de su orilla cuando la marea era muy baja y “nunca subas a los pinos” donde al otro lado arreciaba el Cantábrico con ese color azul tan penetrante que ya era casi negro. Desde el ventanal del salón escudriñaba cada toldo recogido, esperando que el toldero – a quien decían mis primos Manolo (y era raro ese nombre para un marinero vasco, más bien, pienso ahora, que fuera un represaliado)- volviera a recorrer la inmensa playa para guardar, uno a uno, los toldos en aquella caseta grande, al fondo, donde la peña de Arzábal cerraba la costa, gigantesco espacio hasta donde mi mirada (y posesión) alcanzaban. Entonces la playa ya estaba vacía, desde la orilla hasta el muro, desde el chalet hasta el rincón de la caseta de Manolo. Y era mía. No hacía falta pisar la arena con mis pies descalzos porque al oler el arbusto de romero en la puerta, cruzar la estrecha carretera y sentarme en el banco de piedra, abarcaba un territorio que la ausencia de todos hizo mío y era el ama: niña rica de siete años, aunque no fuera la dueña del grandioso (así me parecía) chalet de mi familia. Pero, al rato llegaban. Ellos. Por la carretera, uno, dos, tres, hasta dieciocho o veinte seminaristas con sus sotanas negras y sus bandas rojas, en fila, de dos en dos, detrás de un cura viejo que no les daba rienda suelta hasta llegar a la rotonda junto a la caseta de Manolo. Allí se quitaban los zapatos y corrían aullando hasta la orilla de marea baja y terreno largo y plano donde jugaban el partido. Y la playa era de ellos. Gritos, carreras aladas, tropezones que daban risa al pisarse las sotanas. Y parecían banderas de la CNT (está claro que hoy lo veo) como caótica manifestación de los hijos de tanto obrero muerto en los años de la guerra, en la cercana posguerra, y ellos sin saberlo, o ¡quién sabe! si algunos ladraban un homenaje a tanto muerto rojo y negro con su obligado uniforme. A la hora de la merienda se marchaban. En fila, de dos en dos, sosegados, alegres, delante del viejo cura-árbitro que cerraba la procesión hasta el pueblo. Después era la hora del crepúsculo cuando la isla se tornaba negra entera, las olas chocaban con el muro y el último rayo de sol se sentaba un instante junto a mí, en el banco de piedra, después de haber atravesado al arbusto verde de romero que, de noche, olía aún más a mar y arena.
…Y como una posesa pedí un lugar de playa…
Había que escribir los nombres de todos los pueblos de Andalucía donde hubiera un instituto, era el protocolo obligado, y como una posesa pedí un lugar de playa. La Oposición fue fácil porque aprobé el reto a la primera y la playa de Los Lances se abrió, frente a mí, inmensa. La peña de Arzábal era Punta Paloma, la isla de los pinos misteriosos era la isla de Las Palomas, arsenal del ejército, y el arenal eterno aparecía en la ventana del pequeño apartamento comprado con urgencia, donde en la enorme terraza planté una maceta de romero. No había toldos en la playa de Los Lances, ni muros, ni brisa que meciera la arena en los tenis de mis hijos. Había viento. Rachas que saltaban encabritadas al son del Estrecho, de levante si el loco de Gibraltar andaba en un ataque de demencia, de poniente si en el Caribe habían dado un palo al agua y tan fuerte que hasta el arbusto de romero en la terraza se expandía perfumando el interior de la casa. La playa estaba vacía y yo era el ama de los vientos hasta aquella noche negra, cuando el crepúsculo de la víspera del día de los muertos tiñó de rojo los charcos en la orilla, y mi mirada hablaba muda, en un extraño silencio que no barruntaba bellas puestas de sol de calendario, o algún muro escondiendo al rayo verde. Dos, tres, cuatro, cinco… hasta dieciocho cadáveres de hombres marroquíes rezagados, como pelotas de fútbol arrugadas, iba escupiendo la mar atragantada el día de los muertos, y entonces la arena se hizo negra en la mañana…
Un terror con olor a muerte y a romero se ha instalado en mi terraza cada vez que la arena se oscurece y desde allí, como un Bengún siempre alerta, descubro el muro, ladro, grito al árbitro, aúllo sin pudor quién es el amo.